A veces, un día normal puede dar un giro inesperado. Llegas a casa del trabajo, cansada, con ganas de volver a tu acogedor hogar, y en un instante todo cambia: una mirada, una escena, una mano tendida… Esto es exactamente lo que le ocurrió a Léna, una asistente administrativa sobrecargada de trabajo y madre soltera de dos hijos, quien no esperaba en absoluto que un simple acto de generosidad desencadenara una serie de acontecimientos capaces de revolucionar su vida.
El día que conoció a un hombre y a su perro.

Era una de esas tardes gélidas en las que el viento parece atravesar el abrigo. Lena salía del supermercado, agotada después de un día agotador, cuando vio a un hombre sentado en el suelo cerca de los carritos, acompañado de un perro grande, tranquilo y bien cuidado.
Dudó un instante —una cautela instintiva— y luego la conmovió la dulzura del animal, acurrucado contra su amo. El hombre simplemente pidió algo de comer.
Lena se dio la vuelta, compró comida caliente, una botella de agua y una bolsa de pienso. Le sonrió:
—Cuida bien de tu compañera.
Le dio las gracias con una gratitud silenciosa pero intensa. Para ella, fue simplemente un gesto sincero. Para él, fue un punto de inflexión.
