Capítulo 1: Noche de Paz
. El silencio en el coche era opresivo. No era el silencio apacible de una noche de invierno, sino el pesado y sofocante silencio de la explosión de una bomba. Por el retrovisor, vi a mi hijo de seis años, Jake, mirando por la ventana. Las lágrimas corrían por sus mejillas, reflejando el resplandor de las farolas que pasaban. Junto a él, mi hija de ocho años, Emma, se deshacía de un hilo suelto de su vestido de Navidad, con el labio inferior tembloroso.
—Mamá —susurró Emma, con una voz tan baja que apenas se oía por encima del rugido del motor—. ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué no le caemos bien a Papá Noel?
Sostuve el volante hasta que se me pusieron blancos los nudillos. El dolor era insoportable. Me impidió detenerme a un lado de la carretera y gritar hasta que me sangrara la garganta.
—No hiciste nada malo, cariño —dije con la voz entrecortada—. A veces... a veces los adultos cometen errores terribles. Y tú sufrías problemas de adulto que no tenían nada que ver contigo.
A mi lado, en el asiento del copiloto, mi esposo David miraba al frente, con la mandíbula tan apretada que podía ver cómo le temblaba un músculo de la mejilla. Extendió la mano y la rodeó con la mía, como un ancla silenciosa en medio de una tormenta.
Volvimos a casa en coche desde casa de mi madre la mañana de Nochebuena. Una mañana que se suponía iba a ser mágica. Una mañana que terminó con el corazón de mis hijos roto en el suelo de la sala.
Habíamos llegado a casa de mi madre apenas treinta minutos antes. La sala parecía como si una juguetería hubiera explotado, pero solo desde un ángulo. Los tres hijos de mi hermana Michelle —Tyler, Sophia y Mason— se ahogaban en un mar de papel de regalo. Estaban rodeados de consolas de videojuegos, bicicletas nuevas, tabletas y ropa de marca. Era una repugnante muestra de exceso.
Al otro lado de la habitación, donde solían sentarse mis hijos, no había nada. Solo una alfombra beige desnuda.
Cuando Emma preguntó amablemente: «Abuela Patricia, ¿dónde están nuestros regalos?», mi madre los miró con una sonrisa fría que nunca antes había visto. Se rió, un sonido agudo y amargo que me revolvió el estómago.
