Adopté un bebé después de hacerle una promesa a Dios. 17 años después, ella descubrió la verdad y me dejó.

Una noche, sonó mi teléfono.

Léa se topó con un viejo archivo. Dentro había una carta escrita mucho antes de que pudiera leer. Mi promesa. No como condición, sino como reconocimiento. Una profunda gratitud por la vida.

Le dije la verdad, con lágrimas en los ojos:
«Nunca te acogí por obligación. Me has formado tanto como yo te he amado».

Ella vino a casa.

Hoy, una foto ocupa un lugar destacado en nuestra sala. Tres mujeres, sentadas una al lado de la otra. Dos hijas. Una madre. Caminos diferentes, pero el mismo vínculo.

Porque el amor maternal no divide.
Crece.