Claire no era perfecta. Pero comprendió algo esencial: ser madre no se trata solo de dar vida. Se trata de elegir, cada día, proteger, amar y quedarse. El amor de una madre no se mide por la sangre, sino por el tiempo y la presencia.
Léa está en casa. Con sus hermanos y hermanas. Conmigo.
Y pase lo que pase, lucharé para asegurarme de que el último regalo de mi amiga —esta familia unida— nunca se rompa.
