Antes de devolver una película, una regla sagrada era fundamental: rebobinar siempre. El sonido mecánico del casete formaba parte del ritual. Olvidarlo era casi una falta moral, imperdonable para el siguiente espectador.
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Espera una semana para el próximo episodio.
Perderse un episodio significaba perdérselo para siempre. Sin repetición, sin ponerse al día. Esta anticipación hacía que cada transmisión fuera especial. Durante toda la semana, hablamos de ello, imaginamos qué pasaría después y prolongamos el suspenso.
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Buscar un número en el directorio
Aquellos enormes libros llenos de nombres y números eran indispensables. Encontrar un contacto requería paciencia y, a veces, un verdadero don para la deducción. Hoy, una búsqueda toma unos segundos; en aquel entonces, era casi una pequeña aventura.
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Tomar fotografías sin verlas inmediatamente
Sin pantalla, sin revisión. Cada foto era una apuesta arriesgada. Esperábamos el revelado con ilusión, a veces con decepción. Pero cada toma tenía un valor inmenso, porque cada rollo de película contaba.
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Programación de una videograbadora
