Cinco minutos tarde
En el mundo de Jonathan Hale, el tiempo era más que horarios y relojes.
El tiempo era disciplina. El tiempo era respeto. El tiempo era control.
Y llegar cinco minutos tarde significaba que no pertenecías.
Jonathan había cimentado su éxito en esa convicción. Dirigía una gran empresa inmobiliaria y de inversiones en Chicago, supervisando viviendas de lujo, edificios comerciales y una red de contratos que premiaban la eficiencia y castigaban la debilidad. Le gustaban las líneas claras, las rutinas predecibles y la gente que seguía instrucciones sin excusas.
Por eso, una tranquila mañana de martes, cuando la mujer que limpiaba su mansión llegó cinco minutos después de su hora de inicio, no lo dudó.
Apenas levantó la vista de su teléfono.
"Estás despedido", dijo rotundamente.
Se quedó paralizada en la cocina con suelo de mármol, con las manos entrelazadas delante de su desgastado uniforme. Tenía los ojos enrojecidos, como si no hubiera dormido.
—Lo siento —dijo en voz baja—. El tren se retrasó y mi madre...
Jonathan levantó la mano.
—No necesito explicaciones —respondió—. Necesito fiabilidad.
Ella asintió, tragándose las palabras que aún tenía en la mano, y recogió sus cosas en silencio. Él la observó irse solo el tiempo suficiente para asegurarse de que la puerta se había cerrado.
Luego regresó a su café, ya tarde para su siguiente reunión.
Él nunca preguntó su nombre.
Una ciudad que te enseña a no mirar
Tres semanas después, Chicago estaba envuelta en uno de esos inviernos que no se anunciaban con dramatismo.
No había tormenta de nieve.
Ni viento aullante.
Sólo frío.
El tipo que se deslizaba bajo abrigos y guantes, se metía en los huesos y hacía que incluso las calles familiares parecieran vacías.
Jonathan salió de una reunión de la junta directiva cerca del centro y decidió caminar por el Parque Lincoln antes de volver a casa. Era una costumbre que conservaba cuando sus pensamientos se volvían demasiado ruidosos. El parque estaba tranquilo por la noche, los senderos tenuemente iluminados por viejas farolas que parpadeaban como si dudaran en mantenerse despiertos.
Su abrigo era caro y aislaba perfectamente. Sus zapatos apenas hacían ruido al rozar el pavimento helado.
Caminaba rápido, con la mente todavía ocupada en los contratos, las adquisiciones y los números que definían sus días.
Fue entonces cuando vio el banco.
